La Venganza de Don Mendo, Pedro Muñoz Seca

Ca­ricatura de tragedia en cuatro jornadas, original de Pedro Muñoz Seca (1881-1936), estrenada en Madrid en 1918. Esta popularísima obra teatral es una parodia de drama romántico, cuya acción sitúa el autor en el siglo XII, durante el reinado de Alfon­so VII.

El personaje central, don Mendo, calla sus amores con Magdalena por salvar a ésta y es condenado a morir emparedado por supuesto delito de robo. Magdalena se casa con el duque de Toro, privado del rey Unos amigos que conocen la verdad hacen huir a don Mendo y éste reaparece después en disfraz de trovador, agitando de nuevo la pasión de Magdalena — que no lo reco­noce — y también la de la reina. Diversas incidencias atraen a los personajes del dra­ma a una cueva en la que se han concer­tado simultáneamente varias citas amorosas. Y allí surge el desenlace y se cumple la ven­ganza de don Mendo: casi todos los perso­najes de la obra mueren unos a manos de otros.

Está toda la obra escrita en los me­tros tradicionales de la poesía dramática es­pañola, logrando bien su empaqué y sono­ridad, para provocar el efecto cómico me­diante retruécanos y anacronismos hábil­mente encajados en los enfáticos parlamen­tos. Como dice Benavente en el prólogo a una de las numerosas ediciones, «es una broma literaria por la que nadie puede dar­se por lastimado ni ofendido».

L. Monreal

Venganza Catalana, Antonio García Gutiérrez

Drama en cua­tro actos y en verso de Antonio García Gutiérrez (1813-1884), estrenado en 1864 y pu­blicado en Madrid, en 1866, en las Obras escogidas del escritor. Dedicado a la famosa expedición a Grecia (v. La expedición de los catalanes y aragoneses de Moneada, y la misma antigua Crónica, v., de Muntaner), ilustra, con un interés muy romántico por el color local, la empresa dirigida por Ro­ger de Flor.

La acción se desarrolla en la Grecia de Andrónico y de Miguel Paleó­logo: los tres primeros actos en Andrinópolis, en 1304, y el último en la ciudad de Apros. El emperador griego Miguel Pa­leólogo ha salvado su Estado merced a la ayuda de los mercenarios catalanes y ara­goneses, y en premio de ello ha concedido a su caudillo Roger la mano de su prima María, princesa de los búlgaros. El caudillo es considerado como César del Imperio y’ es tenido en buena estima entre la jerar­quía del país. Pero existe una grave ene­mistad entre las tropas extranjeras, desde algún tiempo sin sueldo, y los griegos de Paleólogo: el conflicto no se hace esperar. La política del emperador se ve apoyada por Gircón, jefe de los alanos: éstos, ebrios de odio contra los mercenarios de Roger, querrían sin más exterminarlos. En este punto, a la trama histórica se entrelaza, a veces con dificultades para el juego escé­nico, el episodio de un drama familiar de Gircón, por el que reconoce en el soldado catalán Alejo a un hijo suyo. Éste, sal­vado por Roger, defiende con riesgo de su propia vida a la princesa María, atacada a traición por los alanos, y se enamora de ella ignorando su identidad y, luego, su casa­miento con su propio y querido jefe.

Pero Irene, hermana de Alejo, no oculta su ren­cor contra María y conspira buscando su perdición y la de su gente (acto I). Entre catalanes y alanos se entablan feroces lu­chas para apoderarse de la capital del Im­perio: sin dejar de mostrarse en apariencia agradecido para con los mercenarios que habían acudido a defenderlo contra sus po­derosos vecinos, Paleólogo desea librarse de ellos cuanto antes mediante la violencia y la traición. Después de provocar el desor­den, llama en su ayuda a los turcomanos. Alejo acaba por saber de boca de la propia María que es princesa de los búlgaros y es­posa de Roger: la mujer manifiesta su odio contra los griegos y su raza insolente cuyos crímenes abomina hasta el punto de consi­derarse, desde aquellos momentos, catalana. Aparecen nuevos pormenores, de tipo más bien novelesco y aventurero, sobre los ante­cedentes de la familia de Gircón y de su hija Margarita, raptada por un desconocido, en cuya búsqueda se había lanzado, desde hacía algunos años, el propio Alejo, deseoso de venganza. Éste, empero, abraza en Ro­ger al presunto raptor (acto II). En el con­flicto de las pasiones, el emperador lleva a término su venganza: Roger es asesinado; pero los mercenarios españoles, enfurecidos por la pérdida de su caudillo, siembran la desolación en el territorio griego.

Resulta evidente que en toda esta intriga tiene su parte Irene, que no disimula su animadver­sión frente a Margarita y a María. Pero si, después de la muerte de Roger, el empe­rador busca anhelosamente el exterminio de los catalanes, la princesa de los búlga­ros anuncia al son de una campana de gue­rra el fin de Grecia (acto III). La acción, en el tétrico fondo de una ciudad fortifi­cada y entre los peligros de la guerra, toca lentamente a su fin. María interrumpe un duelo entre Alejo y un genovés: cada vez más fuerte aparece la hostilidad de las na­cionalidades en la grave crisis del Imperio griego. Paleólogo y Gircón se rodean de guardias en los mismos lugares, llenos de recelo. María, que no puede olvidar la muer­te de Roger, procura poner en evidencia la gloria de España en la misma ruina de los griegos perjuros y traidores; llegan entonces en socorro los estandartes de don Jaime de Aragón, y se consume la derrota del Impe­rio^ bajo las embestidas del arrojo latino. Así es como se cumple aquella «venganza catalana» que había de llegar a ser prover­bial aun entre los propios griegos (acto IV). El drama, cuya trama es más bien enmara­ñada y confusa, presenta escenas logradas por el trazado de algunos caracteres así como por la elocuencia de sus discursos. Por ello es una obra típica del romanticismo español.

C. Cordié

La Vengadora de las Mujeres, Félix Lope de Vega Carpio

Comedia en tres actos y en verso, de Félix Lope de Vega Carpio (1562-1635), publicada en la parte XV de su teatro (Madrid, 1621).

Laura, princesa de Bohemia, meditando so­bre las obras de los filósofos y de los lite­ratos, se convence de que las mujeres han sido tratadas con inmerecido y caprichoso desprecio y, sirviéndose de su belleza, que le permite ser pedida en matrimonio por los príncipes de todas las naciones de Europa, quiere devolver al sexo fuerte el desprecio, mediante el sistemático repudio de todos los pretendientes. Laura se señala la misión de vengadora de su propio sexo, y para difundir sus teorías crea, entre las damas de su corte, una especie de Academia en que, con Platón y Aristóteles en la mano, se explican cursos de misandria teórica y práctica.

Entre los príncipes que asedian la Corte de Bohemia con la esperanza de poder doblegar a la bella amazona filoso­fante está también Federico, príncipe de Transilvania, el cual ha pensado tomar la personalidad de un imaginario Lisardo, in­telectual español que habría venido a Bo­hemia solamente para darse cuenta personalmente de la gran sabiduría de Laura. Federico-Lisardo no adopta en su fingido galanteo un método definido: espera en el contacto amistoso y en la fortuna. En poco tiempo, la estatua de hielo comienza a diluir­se y si al principio procura disimular su derrota teórica, cuando el amor naciente se junta a los celos, sus labios, habituados a emitir silogismos y citas eruditas, llegan a proferir amenazas con vulgar energía ante una joven enamorada de Lisardo, diciéndole que puede amar a todos los hom­bres que quiera, pero que si le roba a su Lisardo le sacará los ojos.

El motivo del amor, que en la mujer se asocia natural­mente a un agudo sentimiento de sí misma y de su propia dignidad, es confiado a una trama bastante sencilla, y esto es un gran acierto, porque los enredos demasiado com­plicados llevan con frecuencia a Lope a ex­cederse : la conversión de la protagonista ha sido sabiamente dosificada, a fin de evitar (y el peligro era grande) toda mecanicidad. Laura es mujer de inteligencia des­pierta, pero aún más de sentimiento; un sentimiento que se enraiza en el amor pro­pio y que no tolera el desprecio, pero que exige el amor. Tal es la realización artís­tica que Lope nos hace a través de una movida estela de variados matices. De La vengadora de las mujeres derivan más o menos directamente El desdén con el des­dén (v.), de Agustín Moreto y Cabana, La Princesa de Elide (v.), de Molière, y La Princesa Filósofa, de Cario Gozzi.

A. R. Ferrarin

La Venganza, Aleksander Fredro

[Zemsta]. Comedia en cuatro actos, en verso, de Aleksander Fredro (1793-1876), estrenada en Leópolis en 1834. Entre las obras del mayor comedió­grafo de Polonia y quizás del mundo eslavo, La venganza ocupa uno de los primeros lu­gares, como una de las más sabrosas evoca­ciones de la Polonia del siglo XVIII, con pin­torescos y truculentos tipos de magnates y de pequeños nobles.

El copero Raptusiewicz y el notario Milczek, irreconciliables enemigos, se presentan como dos temperamentos dia­metralmente opuestos. El primero es el tipo del magnate de robusta estirpe, sanguíneo, violento, acostumbrado a dominar, sin tole­rar oposiciones; es terrible en sus accesos de cólera, pero también se apacigua pronto; lleno de fantasía y gracia, le repugna la mentira y la disimulación, no sigue las vías legales y se forja su propia ley con la vio­lencia. Su antagonista, el notario, es hipó­crita, astuto, bilioso, y en todos sus actos busca la apariencia de la legalidad; es pen­denciero a sangre fría; lleno de rencor, es acomodaticio y si es preciso apela a la vo­luntad de Dios; debajo de la artificial dul­zura de sus palabras esconde el veneno del orgullo y los celos. Actúa de inter­mediario entre ambos, Papkin, insuperable figura de parásito, vil fanfarrón, verdade­ro Falstaff (v.) polaco. Dyńdalski, típica figura de noblezuelo al servicio de un mag­nate, y la viuda Podstolina, ya entrada en años y todavía ansiosa de nuevas nup­cias, completan la galería de los personajes curiosos que la comedia presenta en un lenguaje eficazmente arcaizante.

El copero Raptusiewicz, viejo solterón, tío y tutor de la joven y rica Clara, quisiera casarse con la viuda Podstolina; por otro lado, Clara ama al joven Waclav, hijo del notario. Los dos jóvenes están separados por la enemis­tad de los ancianos, que desde hace años sostienen un pleito por unas lindes. El liti­gio se va haciendo cada vez más áspero, el copero desafía al notario, que le demanda mientras prepara su pérfida venganza: promete a la viuda Podstolina con su hijo Wac­lav y establece en el contrato nupcial que la parte inobservante pagará una penalidad de cien mil zloty. El copero, informado, al principio quiere asaltar con sus criados la casa de su enemigo, luego se domina y opone una venganza a la venganza: rapta a Waclav y le obliga a casarse con Clara, lo cual el joven acepta de muy buena gana. Todo acaba con una reconciliación, ya que la viuda Podstolina declara ser pobre y Cla­ra anuncia que puede pagar la penalidad con su dote. La plástica, la continua comi­cidad, la construcción perfecta, el final fe­liz y natural, el encanto de la forma poé­tica, hacen de La venganza una comedia digna de figurar al lado de algunas obras maestras de Molière y de Goldoni, cuya obra Fredro conoció en Italia y a cuyo arte debe indudablemente alguna que otra su­gerencia.

C. A. Garosci

Los Veneros de la Pintura, Marco Boschini

[Le minere della pittura]. Es una guía, con tí­tulo barrocamente imaginativo, de los te­soros de la pintura expuestos en público en Venecia, escrita por Marco Boschini (1613-1678), y publicada por primera vez en 1664. Es ’generalmente conocida, empero, la segunda edición (1674), titulada Le ric­che Mimere della Pittura veneziana [Los ricos veneros de la pintura veneciana], con muchas adiciones y una importante intro­ducción sobre el estilo de los pintores lo­cales, desde Bellini en adelante.

La guía está dividida en seis partes, correspondien­tes a los barrios de la ciudad: para cada uno de ellos están escogidas, de forma ob­jetiva y esquemática, las pinturas visibles en iglesias, colegiatas y demás edificios públicos, con la indicación del asunto y de los autores. La riqueza y la precisión informativas aseguran al libro un puesto de primer orden en la interminable produc­ción de guías artísticas locales aparecidas en Italia durante los siglos XVII y XVIII; pero su verdadero interés consiste en la sen­sibilísima finura de intuición con que el escritor sabe captar y expresar verbalmente la sustancia colorista del estilo de Tiziano, de Veronés, de Tintoretto. La apasionada y polémica exaltación de la gran pintura veneciana había sido el tema de una obra precedente de Boschini, escrita en cuartetos y en dialecto veneciano: La carta del pictó­rico navegar (v.), en la que el gusto barroco de la metáfora se suaviza con una fácil vena popular. En forma más prudente y concisa Boschini resume, en el prólogo a los Veneros, sus experiencias de aficionado al arte.

Incapaz de personales y coherentes desarrollos teóricos, se atiene a la división convencional de la pintura en dibujo, color e invención; pero muy pronto afirma, en el mismo modo de comprender dichas cate­gorías, sus instintivas preferencias por el color veneciano, que le sugiere, en las pá­ginas sobre los mejores maestros locales, agudas y apropiadísimas observaciones, de sabor casi moderno. En virtud de dicha vivísima aunque limitada sensibilidad, y pese a sus insuficiencias teóricas, Boschini es, en la crítica de arte del siglo XVII, el más genuino representante del gusto por la pintura tonal. Anton Maria Zanetti, autor de la Pintura veneciana (v.), dio en 1733 una refundición de los Ricos veneros (Des­crizione di tutte le pubbliche pitture della città di Venezia).

G. A. Dell’Acqua